Arriba del cuadro en la pared de la sala fue que se paró la cucaracha. La pintura es una ola maloliente y el sonido de la cucaracha muriendo lento por el baygón. Cayó al piso atontada soy una asesina se limpió las antenas. Huyó por debajo de la puerta.

No me esperaba ese sonido - la tela del mar cortándose - tan agrio rebotando detrás del cielo amarillo. Sólo disparé el aerosol por el asco. Soy una cobarde pero la dejaré morir en la oscuridad del baño. Y no revisaré. Mejor le pondré hielo a la bonga.

Densa y dulce, la yerba es una risa mantequilla. Ya me olvidé de la cucaracha.

La luz que entra por la ventana me obliga a pensar que debería estar en la playa. Iré mañana. No hay arroz en la despensa y la sandía que partí no está roja. Quedan tres guineos.

Cuando se me pase la nota iré al supermercado. No me gusta que las cajeras sepan que estoy drogada. No sé cómo, pero siempre lo saben. Desde que empiezo a poner la compra en la banda transportadora siento sus cejas rojo vino arquearse. Entrenamiento corporativo, seguro.

Puerro, arroz, sandía, aguacate, auyama, hongos, leche de soya, habichuelas negras, plátano maduro, guineo, pan. No encuentro las llaves de la casa.

Estaban debajo del libro que dejó Silvia en la mesa.

De alguna manera un Picanto blanco salió de entre los arbustos y casi me choca. Toco mi cabeza sabiendo que si me hubiese chocado estaría muerta y sin darme cuenta ya estoy en el supermercado. Hace demasiado calor.

Bastante fotosensible camino por el pasillo de las frutas y miro los aguacates. Aprieto seis consecutivos y pongo el penúltimo en el carrito. Una señora agarra una sandía del tamaño de mi cabeza y la golpea con sus nudillos. Todo es silencio menos el vacío que sale de la fruta.

Me quedo mirando a la señora levantando cada una de las sandías. Si ella no confió en ninguna, yo tampoco. Por suerte hay mandarinas.

Termino de buscar lo que falta con una canción cuyo nombre no recuerdo en la cabeza. Trato de no mirar a la cajera a los ojos mientras me dice que la compra hace un total ridículo como siempre. Cuando salgo, hay un chamaquito sentado en mi bicicleta.

Los perros de Camilo sobre una montaña de gravilla. Estaban casi equidistantes sobre una orilla del montículo. ¿Hacia dónde caminábamos?

El niño ya no está y pedaleo al principio torpemente. Tenía cara de Manuel. Llego y me tiro en la cama, sudada y triste.

La lengua de Silvia y el lunar de su boca en mi clítoris.

Silvia dice que mañana va a llover. Le digo que no me importa. La última vez que fuimos a la playa, todavía tenía el cabello largo. Recuerdo mirarla nadar hacia mí con un alga enredada en el pelo, ennegrecido por el agua. En el alga, un pequeño cangrejo al que bautizamos Tomillo.

Haremos berenjenas al horno con jengibre, ajo y aceite de ajonjolí. Mientras pico el jengibre hasta molerlo, Silvia me pregunta que a cuál playa vamos y antes de poder responderle, empieza a listarlas.

Guayacanes, Juan Dolio, Bayahibe, Playa Serena, Cabeza de Toro, Macao, Miches.





El arroz está listo y su olor me cubre toda la cara.

Cenamos en el balcón, al lado del romero y los tomates. Silvia me cuenta que la llamaron de un número extraño para decirle que tenían secuestrada a su mamá.

Les dije que se la quedaran

Le pregunto que si la llamó para ver si estaba bien y me dice que nadie en su sano juicio se llevaría a esa mujer. Sé que la llamó justo después, pero ni lo menciono. Ya los secuestradores no llaman, te desaparecen y ya.

Nos paramos para recoger la mesa y una llovizna cae primero sobre la silla plástica del sereno y luego sobre todas las cosas. La brisa entra el agua a la casa y Silvia saca la cara por la ventana, antes de cerrarla.

Beso su mejilla y pruebo la lluvia, grama recién podada.


Un chirrido sale de la puerta de la habitación cuando la cerramos. Ayer no estaba. Parece una ardilla bebé.

Sueño con ser un pedazo de cartón y me despierto varias veces en la madrugada. Silvia ronca suave, con un hilo de baba bajando por su buche.

La vecina toca el timbre estúpidamente temprano y nos presenta a una evangélica. Antes de que la sierva pueda decir una palabra, le cierro la puerta en la cara.

Desayunamos pan tostado con mantequilla y miel, té verde, sandía y guineo. El día quema de lo brillante.

Enrolamos dos bates y decidimos, en contra de toda lógica humana, ir caminando al Parque Enriquillo. El sudor baja desde mi nuca hasta mi nalga y Silvia habla de raparse el caco.

Llegamos entre vapores. Alcantarilla y naranja fermentada.

Dos tigueres nos vocean pero rubia diablo lo que yo diera por verla a utede singando. Otros hombres más nos ofrecen encontrarnos una guagua a JuanDolioBayahibeJuanDolioGuayacane yo le cargo lo bulto a utede qué maldita nalga tiene la grandota. Silvia ya está pagando el ticket de la guagua.

El asiento huele a mocato y guayaba.


Miro el mar


Llegamos y compramos una jumbo en el colmado. Si en la ciudad hacía calor, aquí siento las suelas de los zapatos derretirse y dejarme algo pegada al suelo.

El milagro del freezer dominicano a veces es lo único que nos mantiene a flote.

Un gringo color langosta intenta pedir media Marlboro. No sé si está borracho o sólo es idiota. Los del colmado se burlan y le dan sus cigarrillos. Silvia le pasa un lighter.

thank you thank you

El segundo vaso de cerveza y ya está caliente. Se la damos al gringo que se veía triste y como esperando a alguien. Caminamos hacia la playa.

Avanzamos hasta estar lejos de todo el mundo. La toalla roja de ella sobre lo pardo de la arena. Debajo de la sombra de una uva de playa, nosotras.

Pongo la cáscara de una mandarina en el muslo de Silvia. Me gusta escribir su nombre. Y ella ni me mira, sólo se quita el t-shirt. Tiene un trajebaño azul.

Mastico el cítrico y el jugo entre mis dientes me hace pensar en estar en el agua. También me quito la ropa.

Canción de sal tibia al entrar con ella en el mar. Estamos solas salvo por una perra y sus dos cachorros famélicos. Parece que alguien dejó un pedazo de pollo en la arena y los pequeños animales se pelean.

Su mamá los mira, lamiéndose. El hueso de pollo se rompe y comen rabiosos.

Silvia intenta subirse a mis hombros y bebo agua salada. Nos reímos. Le pregunto que si quiere fumar y salgo a buscar la yerba. Uno de los perros me ladra tan suave que casi lloro. Tiene los ojos del color de la playa.

Un potecito amarillo de vinagre flota detrás de Silvia. Lo miro, con ambas manos arriba. Las bajo para prender el bate, intentado evitar la brisa. Me acerco a ella y uso su espalda de escudo. La llama la ilumina suavemente.

Ella se voltea y la beso con la yerba

Fumamos mientras la arena se moldea a nuestros pies. Hablamos de cualquier cosa. El sol fríe las palabras y las olvido rápido. Salgo a guardar el lighter, envuelta en tibieza.

¿Silvia dijo algo? Cuando volteo, ya está nadando. No, haha.

Me tiro en la toalla. Las hojas de la uva de playa se mueven con el viento y cierro los ojos y por momentos no sé qué es el mar y qué es el árbol. Pienso en nombres para los perritos.

Pardo, Brisa, Costa, Yaniqueque, Batata, Culebra

Silvia se tira al lado mío y me pierdo. La arena que levantaron nuestros cuerpos aún flota sobre nosotras. Me pregunta que si tengo hambre y se ríe. Claro.

Trajimos sándwiches con mozarella, pesto y tomate, mangos, aceitunas. Los perros nos miran comer pero se distraen con un hombre vendiendo chicharrón.

Mastico y pienso en la arena. ¿Cómo se mantiene estática en el aire? El viento nos seca el cabello e igual, permanece.

¿La ves?

¿Qué cosa?

Hago un círculo en el aire con el dedo

¿La brisa?

No

ahhhhhh, si unes los puntos parece un payaso.

Terminamos de comer cuando volvieron los perros. Se ven felices luego de correr. El más pequeño tiene cara de Batata, definitivamente. Pienso en raptarlo y darle la mejor de las purinas pero desisto del pensamiento cuando lo veo jugar con su hermana. Para evitarme la crueldad tendría que llevármela también a ella y no podemos. A chepa cabemos Silvia y yo en el apartamento. Me conformo con verles moderse suave en las orejas.

Silvia también les mira y sé que pensamos lo mismo. Casa con jardín. Fruta y flor.

En vez de besarla, imagino besarla. La miro e imagino besarla. Pienso en besarla. Pienso en besarla todo el tiempo. Y mientras pienso en besarla, ella me besa. Ella me besa salada y caliente y hermosa y los perros ladran todavía suave y la brisa y la brisa y la brisa y su boca

y mi mano en su cabello y mi mano en su cara y su mano en mi cara y la brisa aún y la arena entre nosotras se compacta y ya, ya la brisa no nos toca porque flotamos protegidas por pardos cristales solares y nos besamos y nos besamos y nos besamos y nos besamos.

Mareada alejo mi cara y agarro su mano para dibujar tontamente un círculo en la arena. Silvia sonríe y dice que me ama. Yo también la amo. Sin soltarla, me paro y ella me sigue. Entramos de nuevo al agua y nadamos evitando las algas.

El día es eterno y feliz entre las olas.